
Guadalupanos por el mundo
Viajamos hasta Canadá. Donde nos encontramos con MariCarmen, Guillermo y Victoria, quienes viven en Toronto después de su paso por Australia.
De las antípodas a los Grandes Lagos
Hola a todos los guadalupanos.
Somos MariCarmen, Guillermo y Victoria y os escribimos desde Toronto, donde vivimos desde hace unos nueve meses.
Cuando llegas a un nuevo país, realmente valoras una serie de cosas en las que no caes en la cuenta de otra manera. Es un poco como empezar de cero. Te enfrentas a un montón de incomodidades e incertidumbres que te hacen sentir vulnerable. Cualquier ayuda, en cualquier sentido, se recibe como una auténtica bendición.
Nuestra historia nómada comenzó hace casi 5 años cuando una oportunidad del trabajo de Guillermo nos llevo a Melbourne, Australia. Lo que al principio fue casi una imposición, acabo siendo una de las mejores experiencias de nuestras vidas.
Australia es un país impresionante en muchos sentidos: para empezar es una especie de mundo paralelo en el que gente con origen muy distinto vive en armonía. Resulta sorprendente el respeto con el que la gente se trata, desde luego algo para aprender. La naturaleza también es impresionante y ciertamente hemos podido disfrutar de auténticos paraísos. Los animales más exóticos campan por las praderas sin ningún miramiento.
A los pocos meses de aterrizar, el proyecto para el que fuimos se canceló, por lo que nos pedían volver a España. En esta ocasión decidimos dar prioridad al trabajo que había encontrado MariCamen, y nos quedamos.
Para nosotros, la familia que comenzamos cuando nos casamos es, entre otras cosas, un espacio dinámico que se va adaptando en función de las necesidades de los que la formamos, donde nadie es más importante que otro. Sin prioridades, pero con cabeza. Aunque parece trivial, lamentablemente no lo es.
Entre viaje y viaje, nació nuestra hija Victoria. Nuestra atención giró irreversiblemente hacia ella. Fue un auténtico regalo. Australiana no, española, aun sin haber pisado España. Con pelo oscuro y ojos castaños, siempre muy abiertos queriendo aprenderlo todo.
En mayo de 2017 nos despedimos de Australia con mucha pena, pero con la ilusión de afrontar un nuevo reto, asentarnos en Canadá. Hicimos una parada técnica de un par de semanas en España, en la que Fernando Artigas bautizo a Victoria en Guadalupe. La verdad es que después de tanto tiempo fuera de España, ir a Guadalupe es como volver a casa.
Canadá tiene muchas similitudes con Australia. También es un país multicultural, con muchísimas nacionalidades, idiomas y religiones. Como dicen aquí, todo el mundo tiene acento.
Al llegar, volvimos a poner todos los niveles a cero, al ser nuevo todo. Nuevos trabajos, nueva guardería, nuevas ciudades, nuevos parques naturales, nueva fauna. También el termómetro se puso a cero, bueno, en los días de calor. Hemos pasado el invierno mas frío de nuestras vidas, conviviendo con la nieve durante meses y temperaturas que no pensábamos que se podían alcanzar.
Pero se fue el invierno y llegó la primavera, y con ella un sinfín de novedades, de las cuales, muchas de ellas, ni siquiera somos conscientes aún…
¡¡Un fuerte abrazo a todos!!



La COMPASIÓN se define como un sentimiento de inquietud que produce el ver padecer a alguien y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o evitarlo.
Los monoteísmos de origen semita (judaísmo, islam y cristianismo) han dado mucho valor a la compasión divina o misericordia.
Golden Red es sobre todo una red humana creada para y durante la realización de este proyecto y que incluye tanto a los participantes en el mismo, cómo también a todo el tejido de voluntarios, empresas, fundaciones e instituciones que lo hayan hecho posible, unidos por la COMPASIÓN.
Alejandra nos propuso crear nuestro propio círculo (mujeres) y óvalo (hombres) que simbolizara nuestro compromiso con esta red de compasión colectiva, en un taller que tuvo lugar como parte de nuestra celebración. Multitud de círculos y óvalos creados por personas de todo el mundo plastificadas y anilladas conjuntamente han formado esta red articulada, esta tienda de encuentro, este abrigo de compasión en el que todos podemos encontrar cobijo.
¿Os imagináis si cada persona de este mundo se comprometiera a hacer un acto de compasión con alguna persona cercana? Sería inimaginable el impacto que tendríamos y cómo nuestra sociedad se transformaría. ¿Os animáis?
Como suele pasar, no conseguimos sentarnos todos juntos. La falta de luz nos ha separado y nos obliga a mezclarnos con la gente que llena el templo. Lo primero que percibimos es que estamos rodeados de familias enteras, jóvenes y mayores, gente de toda la vida que hacía tiempo que no nos veíamos, y caras nuevas que completan el círculo en torno al presbiterio. Hacemos mucho ruido, tal vez demasiado, fruto del entusiasmo de los distintos grupos que se reconocen más por su posición que por su rostro; a pesar del ambiente festivo, comenta una de nosotras:
Ya más tranquilos, la liturgia en torno al fuego, nos devuelve el calor y la claridad perdidas. Sin duda, es uno de los momentos importantes de la noche. Tras descubrir la fraternidad el jueves, afrontar nuestra limitación el viernes, recuperamos la esperanza y los colores del mundo gracias a la luz que proviene de un único cirio. Jesús de Nazaret se hace presente y nos invita a compartir la luz de su experiencia con los demás, con los que tenemos más cerca.
Comienzan las lecturas por orden cronológico. El Antiguo Testamento muestra a un Dios lejano, justiciero, que marca diferencias entre los pueblos. Parece un relato actual donde la humanidad no acaba de creerse que la dirección adecuada es la eliminación de las fronteras y la construcción de un futuro común en la Tierra. El relato del Evangelio y el testimonio de nuestros jóvenes con un credo actualizado, nos invitan a la esperanza de que acontecimientos como los vividos en Palestina, Siria o México; la violencia de género o el tráfico de personas, no se sigan produciendo. 
Al finalizar, el templo se vacía. Todavía podemos oír el salmo de todos los años, recordándonos que resucitó y que estamos llamados a seguirle en su camino. Nos vamos yendo a tomar algo, la famosa patata, saludando a casi todos con la certeza de la luz recuperada. La vigilia se acaba, pero la invitación a transformar el mundo nos la llevamos cada uno en nuestro interior para hacerla realidad todos los días.