sembrando cosas nuevas
Encuentro es la palabra que define el punto de partida de nuestra comunidad. Quienes iniciamos la andadura en la formación de adultos hace cuatro años llegamos a Guadalupe buscando un espacio compartido con otras personas que vibraban con algunas notas comunes: algunos comenzaron por la necesidad de conocer a Jesús; otros, por la necesidad de avivar la fe y caminar la vida interior acompañados por Jesús. Había quienes buscaban formarse, rezar con el Evangelio, sentirse familia; y había quienes deseaban dar a su vida un enfoque solidario y ofrecer los propios talentos para ayudar a otros…
Los que al cabo de este proceso hemos hallado respuestas (y también nuevas preguntas) a aquellos deseos, formamos hoy una comunidad de 15 miembros que desea caminar a la luz del Evangelio de Jesús. Nuestros orígenes son diversos, nuestra historia personal y de fe es también diferente; también lo son las expectativas de formación y de acción solidaria, pero, como muchos, los martes comenzamos cada encuentro descalzándonos ante el Dios que nos convoca y ante la tierra sagrada que cada un@ es, confiados en que el Espíritu será quien amalgame nuestra diversidad. Es la razón por la que elegimos este nombre inspirador para nuestra comunidad: ruah, aliento de Dios que nos ha empujado a salir de nuestra fe pequeña y exclusiva y que quiere hacernos instrumento de paz en nuestro entorno y en los márgenes.
Guadalupe es para nosotros el lugar del encuentro, la casa que acoge nuestras búsquedas, el lugar donde encontramos el acompañamiento en nuestros procesos de vida y de fe. Los Msps y los laicos que nos han guiado en los inicios de este proyecto son para nosotros un signo del Reino que se cumple aquí y ahora: acoger, enseñar, escuchar, orar en comunión y “gastar” su tiempo con nosotros ha permitido que alumbremos ideas, actitudes, convicciones. También que surjan nuevas preguntas, decisiones y sueños. Los años de pandemia no han sido fáciles tampoco para nuestro proceso comunitario, pero podemos decir con alegría que, pese a todo, en lo que se refiere a este periodo complejo, hemos mantenido la fe y buscado las plataformas necesarias para que el ánimo no quebrase. Es de nuevo la ruah quien ha evitado que, al tambalearnos por sentir el viento en contra, cayésemos abandonando el sueño comunitario.
Con todo, a lo largo de estos cuatro años hemos vivido momentos de duda, de inquietud, de desencuentro incluso; momentos que han supuesto la marcha de algunos hermanos que comenzaron con nosotros el proceso y de quienes hacemos hoy memoria agradecida. No todas las decisiones han sido fáciles ni tampoco todo lo compartido ha sido vivido de la misma forma por cada uno. A la luz de los propios procesos personales y del necesario discernimiento, cada miembro del grupo ha tenido que situarse constantemente ante la propuesta de formar una comunidad fraterna en el entorno de nuestra parroquia: es el compromiso lo que en este tiempo de lo efímero, lo material y lo útil nos impresiona a la vez que nos obliga a mirar en nuestro interior y discernir… La experiencia de otras comunidades que nos preceden en la fe y en las vivencias nos ha ayudado a “aterrizar” algunas de nuestras expectativas. Es importante para nosotros permanecer en contacto con estos “hermanos mayores” que enseñan y acompañan. La espiritualidad de los misioneros que no se aferran a las comodidades ni se instalan en la autocomplacencia es una invitación permanente a evaluar y retomar nuestros principios y es un acicate para ofrecer nuestra capacidad y nuestras ganas al servicio común parroquial y más allá de los límites de Guadalupe, donde se requiera nuestra presencia: ¡ojalá sepamos realmente complicarnos la vida para hacernos serviciales y sembrar cosas nuevas!
Con este recorrido en la mochila y los sueños en la mano, este año 2022 hemos empezado a caminar como comunidad organizando las sesiones en tres estilos de reunión que alternamos a lo largo del curso cada martes: encuentros de formación, encuentros de “compartir y celebrar la vida” y encuentros orantes.
Nos definimos como una comunidad fraterna, convocada por el Espíritu Santo y abierta a su acción transformadora. Nos reconocemos discípulos de Jesús, inquietos, celebrativos y orantes. Nos sentimos libres para ser nosotros mismos y nos identificamos con el respeto y el cuidado mutuos. Queremos comprometernos con la renovación de la Iglesia y nos sentimos impulsados a hacer misión en favor de la dignidad y felicidad de todos, con preferencia por quienes sufren.
Es la identidad con la que comenzamos esta nueva etapa. De la semilla que depositaron nuestros primeros acompañantes en la fe y los más recientes en esta casa compartida de Guadalupe, brota tímidamente, pero con el ímpetu de la fraternidad, esta comunidad que se suma a tantas otras que hacen de la parroquia un nido de propuestas, un espacio para la acción solidaria y una polifonía que participa en los cambios de la Iglesia del presente.
Sabemos que no es suficiente el voluntarismo, tampoco bastan nuestras experiencias previas o conocimientos, ni siquiera el armazón de lo institucional puede ser nuestro sustento esencial. Somos conscientes de la necesidad de un compromiso que va más allá del entusiasmo inicial; somos conscientes de que nos debemos unos a otros un trabajo personal de discernimiento interior y de mano tendida (cada uno según sus posibilidades y su momento); intuimos las dificultades, los escollos y lo inevitable inesperado… Sabemos que la única certeza es que no hay comunidad si no está en el centro quien nos convocó: Jesucristo. Pero gracias a la presencia alentadora del Espíritu, que se manifiesta en quienes nos siguen acompañando en la fe, sabemos también de la esperanza. Nos atrevemos a dar los primeros pasos, a integrarnos en la vida cotidiana de Guadalupe, a poner en obras lo que inicialmente son sólo palabras. Contentos y muy agradecidos a “Guada”, inquietos y con ganas de “hacer ruido” del bueno, del que resulta de trabajar por la unidad y por la justicia, esperanzados como discípulos que han oído la llamada mientras trastean con las redes (las de antaño y las de ahora), pedimos a Dios que también seamos sembradores.
Cuando recibimos el email para participar en la newsletter, nos inquietamos un poco. ¿Qué podríamos decir, cómo expresarnos? ¿Sería interesante, o un pestiño que nadie quiere leer? Pero luego pensamos que sería bueno para nuestra pequeña comunidad tener la oportunidad de volver a ver, de recordar lo que pensamos e hicimos desde nuestros comienzos…

Acompañar la vida es algo característico de nuestra comunidad. Hay solteros y casados, y estos, con hijos y durante todos estos años hemos aprovechado sacramentos que han jalonado la vida de los hijos de algunos de nosotros (bautismos, comuniones, confirmaciones… ) para vivir y celebrar esos momentos relevantes todos juntos. Nos hemos acompañado cuando hemos tenidos que discernir para tomar decisiones importantes tanto en el plano personal como profesional. Y en esos discernimientos la oración ha sido determinante: la oración a María y a Jesús para que nos iluminaran y tomaramos decisiones que contribuyeran a la construcción del Reino.
Hemos tenido reuniones semanales unos 15 años, y luego pasamos a quincenales, siempre en fin de semana, sobre todo los domingos, aunque últimamente alternamos viernes y domingos. Siempre comenzamos nuestras reuniones con una oración.
Para compartir la vida nos ha funcionado muy bien tener reuniones trimestrales en casa de alguno de nosotros al tiempo que compartíamos una cena.
Antes del confinamiento, hacíamos una convivencia en verano con familias para compartir vida y fe. Esa convivencia servía de cierre del curso y previsión del siguiente. Normalmente íbamos a casas de espiritualidad en la sierra madrileña.
Estamos abiertos como comunidad nuevas incorporaciones y, tratamos de ser flexibles para que todo el que esté se sienta a gusto y pueda conciliar la vida en comunidad con otros aspectos de su vida. Quizás esta característica ha jugado a favor y en contra de la comu. Por un lado, ha permitido estar a gente que apenas podía compartir tiempo y presencialidad, pero a la vez esto hacía más lento el compartir vida y el tomar decisiones de comunidad.
Usamos las redes sociales y las apps para sentirnos cerca y compartir más fácilmente aspectos de fe, vida y compromiso.
De su mano, fuimos durante muchos años un grupo atípico y original. Heterogéneos en edad, con situaciones vitales muy diferentes y experiencias en la fe diversas. Nuestras reuniones de los viernes eran de alto voltaje, un compartir sincero, abierto y comprometido. Y un aprendizaje constante. Primero de todo, el acto de apapachar. Formábamos parte del área parroquial de las Obras de la Cruz y bajo el buen auspicio de Concha crecíamos en sabiduría, en estatura y en gracia de Dios.